Soy una persona que se estresa con mucha facilidad. Cuando recibo el clásico comentario «pero si eres payaso, ¿no te ríes todo el día?», me provoca responder «pero tú eres médico, ¿por qué te resfrías?» o «pero tú eres psicóloga, ¿por qué tienes conflictos emocionales no resueltos?» …sobre éste y otros reclamos cotidianos del humano promedio hablaré en otra ocasión (lo prometo).
El punto clave aquí es que no soy un ser atípico, conozco varios otros seres que al igual que yo se estresan con facilidad, y por más que unos tengan más comodidades, mejores trabajos u ocupaciones, más hobbies alucinantes, vacaciones inolvidables y momentos kodak, nadie está a salvo de la tensión, porque así es la vida. Algo que me costó mucho comprender es que no debes vivir tensa, pero tampoco puedes sentirte culpable comparándote con otros que «deberían estar peor que tú». Constantemente me encuentro con diálogos virtuales y presenciales donde nos obligan a tener un aterrizaje forzoso con la realidad, comparándonos con otros y de alguna manera quitándole peso a nuestro malestar, «porque tú puedes sentirte gorda y horrible, pero tampoco te falta una pierna entonces deberías estar agradecida». Es obvio que tenemos que constantemente hacer el ejercicio de agradecer por todo lo que tenemos, lo que nos dio la vida y lo que conseguimos con tanto esfuerzo, pero todos somos humanos, y todos tenemos días terribles. Todos y todas nos sentimos pésimo por alguna frivolidad alguna vez, o por algo que no es tan frívolo y tenemos todo el derecho a sentir, a transitar, a que nos afecte. Y a algunos nos cuesta más que a otros enfrentar la montaña rusa de emociones a las que nos somete el día a día.
Mi estrés tiene la particularidad de manifestarse físicamente. Se me cae el pelo, engordo/ adelgazo (generalmente lo primero), y de todas maneras habrá alguna dolencia corporal. El año pasado mi inicio de «crisis de los 30» vino acompañada de una caída muy absurda que tuvo como consecuencia 6 meses de terapia de rehabilitación física. A pesar de haber declarado que tendría un verano sabático (no fue así), a pesar que disfruto mucho lo que hago, y a pesar que tengo muchas alegrías en mi vida, estuve tan estresada en los últimos meses que mi cuerpo no se curaba. Intenté la medicina tradicional, los fármacos, el biomagnetismo, las flores de bach, la terapia, la dieta, los pilates, varios médicos, fisioterapia, hidroterapia, crioterapia, descanso, reiki, trabajo espiritual, … ninguno fue mejor que otro, pero la combinación tampoco resultaba.
Hace poco tuve la inmensa suerte de viajar a Canadá durante casi un mes. El objetivo del viaje no era más que estar ahí y a lo mejor hacer alguna que otra cosa, pero antes de viajar yo ya tenía una lista de miles de pendientes y cosas que quería hacer durante el viaje
. El día antes de viajar tuve mi última sesión de rehabilitación física, y algo se jaló otra vez en mi espalda y casi no podía caminar… de vuelta al inicio. No lo podía creer, ¿cómo iba a viajar? Tuve que recurrir a dos super heroínas ayudantes para hacer mis maletas, y al llegar al aeropuerto tuve que pedir una silla de ruedas porque no podía caminar bien y el dolor de espalda era muy intenso. Hice todas las escalas sola y felizmente atendida como princesa pasando de silla en silla, empujada por gente muy amable hasta que llegué a mi destino final: Toronto. La primera semana tomé pastillas para el dolor muscular, pero lo más importante es que inmediatamente disminuyó mi usual nivel de productividad y actividad diaria. No tenía la obligación de hacer ningún tour ni visitar a nadie. No tenía que trabajar todo el día ni en un lugar en particular. No tenía auto (como en Lima) y tampoco estaba en una ciudad donde el tráfico fuese un deporte extremo. No tenía que manejar al otro lado de la ciudad para la terapia, no tenía la reunión de chamba, no tenía el cumpleaños de la amiga, no tenía el shower de la prima, la despedida del amigo ni el estreno imperdible de ninguna obra. Tenía un universo de series de Netflix esperándome y un espacio hermoso para mi estadía. Parecía la oportunidad perfecta para un verdadero descanso, un momento verdaderamente sabático. Una pausa.
Voy a agrupar aquí los pensamientos que merodeaban por mi mente al respecto:
- Estás de viaje, ¡¡tienes que aprovechar!! Tienes que ir a xxx y conocer xxx.
- Tienes que aprovechar que estás ahí para avanzar y ponerte al día con xxx.
- Ya que estás en Toronto, xxx necesita que le consigas xxx.
- Aprovecha que no tienes carro para caminar xxx km al día y hacer deporte.
- ¿Estás en Toronto? Eso es a un paso de xxx y de xxx donde viven xxx y xxx, ¿por qué no te tomas un vuelo al toque para ir?
Adivinen qué hice…

Viajar es un privilegio. Miro a mi alrededor y veo a mi generación constantemente haciendo matemáticas para ahorrar, viajar, pasear, conocer, negociar vacaciones con su jefe, sacarle el jugo a los fines de semana con puentes, conseguir millas, no perderse ninguna despedida de soltera en xxx, darse una escapadita con la pareja a xxx y no perderse el matrimonio de xxx en xxx. Rebusqué por mi cerebro y creo que nunca he viajado sin ningún objetivo puntual. Es decir, siempre viajé para ver a algún familiar y pasar tiempo juntos, para algún evento social, por trabajo, o a un lugar nuevo que había que conocer y aprovechar al máximo. Este viaje a Canadá fue un viaje para mí, y después de casi 6 meses en terapia de rehabilitación física, durante la semana 2 en Toronto el dolor físico desapareció y pude volver a agacharme, sentarme, y moverme como antes. Santo viaje, santo remedio.
Caminé a la velocidad que me dio la gana, conocí los sitios que elegí y a mi propio ritmo y en mi propio horario. Hubo días donde mandé miles de correos y fui bien productiva. Hubo días donde no hice nada más que ver tele y comer. Comí lo que quise, aprendí a cocinar, me desperté con ilusión para lavar blancos y colores, tendí la cama de formas diferentes y con diferentes niveles de entusiasmo, miré el techo, le saqué el jugo al transporte público, leí un poco, vi cómo aparecían las flores poco a poco con el cambio de clima, me senté en un parque a ver perritos, fui al zoológico, creé esta página web, no lloré.
Es muy difícil volver a la realidad luego de un viaje tan especial. Ni bien me subí a mi carro me empezó a doler la espalda y el tráfico me dio una bienvenida especial con calles rotas y gente apurada. Algunos hacen yoga, otros se escapan algún feriado a algún sitio cerca, otros pueden dormir sin culpa todo el fin de semana, mientras que otros se van de fiesta y se rodean de sus amigos para relajarse. Yo descubrí que durante 30 años viví en una velocidad que no disfruto ni me hace bien. Lo descubrí en otra ciudad y otras circunstancias, en un viaje donde mi ritmo de vida fue lo opuesto. Y ahora estoy conociendo y encontrando cuál es mi velocidad adecuada para vivir feliz en Lima, hacer lo que me gusta, y no estresarme con tanta facilidad. Tengo un nuevo control remoto, y ya sé qué se siente poner pausa ;.)

Deja un comentario