¡¡Atención humanos del mundo que se toman el tiempo de leerme!! ¡¡He descubierto otra cosa que seguramente ustedes ya sabían pero yo no!! Les advierto que seguramente nada de lo que leerán a continuación será novedad, como es mi costumbre, pero de repente no sabías, como yo, y te da roche admitirlo. Así que lee, y si también te sorprendes con mi revelación semanal, ¡¡yo también me sorprendí, no te preocupes!!
En la educación tradicional, por más que cada vez hay más cosas lindas, artísticas, inclusivas y demás, no te enseñan (o al menos a mí nadie me dio claramente la información) a trabajar en ti mismo. O sea, te enseñan que tienes que estudiar, aprender a hacer las cosas esenciales para desenvolverte en el mundo académico y social, pero no está tan visible eso de chambear para ti o contigo. No hace mucho hablaba sobre ésto en «Punto Felicidad» e incluso lo he casi mencionado en algunos otros de mis posts, pero ahora ya me quedó clarísimo, ya entendí. Y no es tan bonito lo que vi pues. Es así: la única persona responsable de tu vida y todo lo que te pasa y todo lo que te pasará eres tú. Y tú, y tú, y solamente tú (le pongo musiquita para que no duela tanto).
«Ay ya sabía». Ya, ¿pero hasta que punto lo aceptas? Cosa muy diferente. Lo difícil en realidad no es saber, sino aceptar de verdad, genuinamente, que así son las cosas. Porque lo más fácil es saber PERO no aceptar, y de paso echarle la culpa a otros fenómenos sobrenaturales, a otras personas, al clima, a la luna, al resfrío, etc. ¿Cuántos de ustedes se la pasaron toda su adolescencia o su vida peleándose con su mamá o papá, convencidos que había hartos problemitas que ellos y sólo ellos tenían que resolver? A lo mejor tienen que chambear (igual que tú, querida persona), pero no es tu responsabilidad que ellos cambien, y su cambio o crecimiento no será aquello que resuelva todos tus problemas. Mejor concéntrate en los propios, que ya hay bastante trabajo ahí. Yo también odio a los que nacieron flacos y no tienen que sufrir haciendo dietas todos los lunes como yo. Siempre le echo la culpa a mi contextura, a mi genética, a mi profesión, a las tentaciones, a los lonches familiares, pero en realidad la única responsable de mi gordura…. soy yo (aquí también pueden cantar si gustan). «2016, vete ya, fuiste un año de ñoña»… sí, seguramente gracias a que lo publicaste en tu Facebook el universo entero va a decidir que el 2017 va a ser increíble para ti. Ya verás. ¡¡No pues!! No vale colgarse de una tendencia de redes sociales sólo porque te pasaron las mismas cosas que te pasaron otros años, pero como ahora todo lo compartimos y «reaccionamos» a lo que nos pasa todo el tiempo (me gusta, me encanta, me asombra, me enorgullece), nos damos cuenta, oh sorpresa, que todos sufrimos. Les apuesto que el 2016 fue igual de malazo que el 2002 o que el 2018 (#PuntoPremonición). Podemos:
A) Seguir quejándonos, producir los mejores memes, llorar y comer helados, renegar.
B) Aceptar que hubo cosas malas, que hubo cosas lindas también, y aceptar que probablemente sigan pasándonos cosas malas y lindas también por el resto de nuestras vidas.
Obvio que la B pues. Pero la B no es tan fácil ni tan maravillosa. Parece, ¿no? Es verdadera, y requiere MUCHA CHAMBA. El mundo de hoy nos ha ayudado (yo soy la campeona, ya van a ver, como les dije en mi post sobre la incoherencia) a facilitar que «tapemos lo feo». Que nuestras crisis horribles se curen con distracciones, con pastillas para no soñar, con placeres de todo tipo, con otros humanos iguales o peores que tú, con estímulos, con todo tipo de herramientas que nos evitan tener que enfrentar la realidad. Porque lo más triste de todo es que nunca vas a estar bien, ni feliz, ni pleno, ni resuelto del todo – a menos que hagas un trabajo alucinante por dentro, lo cual creo que no muchos de nosotros logrará al 100%.
Oh era digital, que nos das tanto y tan rápido. Estamos acostumbrados a que si se cae el internet se cae el mundo. A la comida rápida. A que todo esté YA en nuestras manos. Esperar, sobre todo para nosotros los millenials, no es nada fácil. Mi tiempo vale más que el dinero. Necesito ésto para ayer. Prefiero pagar más y no hacer esta cola. Varios prefieren al alcalde que roba pero hace obra (aj, no me aguanté, perdón). Necesitamos satisfacer nuestras necesidades de inmediato, y llegar más rápido al placer, a la felicidad. Pero el trabajo interior es lo opuesto a eso. Cuando trabajas contigo mismo, los resultados no son inmediatos. Y esto nos bajonea mucho, nos deprime, nos hace sentir poca cosa, nos hace compararnos al resto. ¿Por qué es tan fácil subir de peso y tan difícil bajarlo? ¿Por qué voy a terapia hace un mes y sigo peleándome con mi mamá? ¿Por qué soy artista chancona y fracaso tanto?
Mi invitación no es a arruinarte el día ni a que desvalorices todo lo bueno que haces y eres. Es sólo un recordatorio para que no bajes la guardia. Cada enfermedad, mal humor, suceso de mala suerte o episodio negativo no es nada menos que una señal de algo que debemos trabajar, algo que debemos resolver, algo que estamos aprendiendo, y que volveremos a transitar (de repente en diferentes manifestaciones o formas) cuantas veces más sea necesario hasta que lo aceptemos y sanemos. Te invito a que así como dedicas xx horas a la semana para trabajar, xx horas para hacer deporte, xx horas para Netflix, xx horas para los hijos, xx horas para las mascotas, (¡¡asu, ya casi no me quedan horas en la semana!!) dediques xx horas a ti mismo, a reflexionar, a pensar, a auto examinarte, a ver lo que no te gusta ver de ti. No para torturarte, pero sí para crecer. Hay que hacerse cargo de uno mismo. Y no, no hay sueldo, pero hay crecimiento.

Deja un comentario