La semana pasada, a pesar de cuidarme siempre, tomar kion y todo lo demás, el clima de Lima pudo más y aprovechó mis bajas defensas para dejar que los enemigos «virus» y «faringitis» vinieran de vacaciones a mi cuerpo. Aún no se van del todo, y a pesar ver al médico y «ya no contagiar», sigo con tos. Esto es algo no solamente muy común en esta época sino que realmente no es grave si lo comparas con alguna otra enfermedad. Lo cierto es que uno se siente pésimo, y no importa cuántos medicamentos te den, cuántos menjunjes te recomienden, o cuánto descanses, el virus se va cuando le da la gana y hay que tener paciencia.
Un virus pudo alterar por completo mi semana: ya no puedo empezar a nadar, no puedo hablar (esto para mi es una tortura total), no puedo cantar, no puedo comer dulces (ok, quizá ésto es para bien), y me siento más cansada. Sin ánimos de «ningunear» a todo aquel que se siente así, no puedo imaginarme resistiendo una enfermedad mucho más grave, o incluso terminal.
Nunca me han operado de nada, y a pesar de visitar hospitales frecuentemente, que me saquen sangre para un análisis es casi traumático para mi. Tengo mucha suerte al no sufrir de una condición complicada clínicamente, y en realidad lo único que tengo constantemente son esguinces y moretones porque pareciera que mis tobillos están hechos de chicle y me paro tropezando. Cuando me pongo tacos me siento como en un casting para el circo. Mi enamoramiento súbito por el clown me llevó a formarme como clown hospitalario, y por alguna razón (¿incoherente?), es lo que más disfruto hacer: utilizar el clown para desdramatizar distintos espacios.

Mi curiosidad fue más allá, y como parte del equipo de Doctores Bolaroja tuve la oportunidad de visitar pacientes no solamente en hospitales sino en sus casas, principalmente cuando no podían moverse de ahí por su condición tan delicada. Fue un reto más grande, y en la mayoría de los casos (por no decir todos) era muy poco probable que esa persona y yo nos volvamos a encontrar, ya que estaban recibiendo cuidados paliativos. Los cuidados paliativos buscan mejorar la calidad de vida, ya que no existe una cura. Se busca prevenir y disminuir el sufrimiento del paciente y quienes lo rodean. Muy pocas personas consideraban a un payaso como parte de los ingredientes ideales para enfrentar una situación tan dolorosa. Y yo pude comprobar en vivo y en directo que los resultados no solamente son siempre positivos sino realmente mágicos.

Cuando Bolaroja dejó de existir como organización, yo no me podía imaginar que estos encuentros ya no se dieran más. Por suerte, mis adorados colegas se organizaron de tal manera que seguimos visitando hospitales como clowns hospitalarios profesionales voluntarios (Compañía Payasa y también OpaClowns). Sin embargo, quise ir un paso más allá y traducir mi pasión en aquello a lo que me dedico laboralmente también.
Mis principales aprendizajes haciendo acompañamientos artístico-terapéuticos como clown son los siguientes:
1. Es muy importante tener mucho cuidado con la palabra «terapéutico» o «terapia». Yo me formé como comunicadora, como actriz y como clown. La cantidad de horas académicas, combinadas con las horas de vuelo (experiencia) se traducen en la habilidad de saber manejar diferentes escenarios. Ninguno de ellos implica sanar médicamente a nadie, pero sí se reconoce como un trabajo artístico-terapéutico porque los resultados influyen directa y positivamente en el bienestar de la persona a quien se acompaña.
2. El payaso pide permiso y respeta ante todo los deseos del paciente. No obligamos a nadie a ser visitado ni a hacer nada que no quiera.
3. Es muy difícil establecer reglas o saber lo que va a suceder exactamente. Yo voy preparada para diferentes posibilidades, pero la dinámica de cada visita la determina el estado de ánimo y condiciones de la persona a quien se visita. Se toman en cuenta todas las variables posibles: quiénes lo acompañan, cómo durmió, de qué tiene ganas, qué cosas debe o puede hacer, entre otras cosas.
4. Las visitas son especiales no solamente para pacientes terminales o personas muy graves. Muchas veces nosotros mismos (con una gripe o lo que sea) necesitamos o apreciamos que alguien nos acompañe y nos haga recordar lo positivo que nos rodea también. Generalmente cuando uno se enferma, lo primero es recurrir al médico – algo que por su puesto sugiero también y con lo que estoy de acuerdo. Luego se busca modificar prácticas alimenticias o complementar la medicina tradicional con la natural. Sin embargo, nunca tomamos en cuenta – al menos no tan rápidamente – que es importantísimo cuidar nuestro bienestar emocional también.
Este aprendizaje, sumado a mucho otro aprendizaje, y una gran cantidad de experiencias inolvidables me llevaron a crear Punto de Encuentro (pueden ver más haciendo click aquí). Por ahora, esta es la primera parte de (espero) muchas «partes» donde les contaré más historias sobre este proyecto, que es en realidad el Punto que inspiró la creación de Puntolú. Disfruto cada instante de cada encuentro, porque siempre hay una transformación en cada uno de los involucrados. Cada persona es un universo, y siempre estamos hechos de algo más que nuestra condición actual. Es muy bonito generar una conexión con alguien más y recordar todo lo otro que también somos, además de estar enfermos.

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