Me da bastante culpa cuando me doy cuenta que le respondo feo o no soy todo lo cariñosa que podría ser con algún familiar muy, muy cercano. Pero también me resulta bastante inevitable. Estoy segura que le pasa a muchas personas, sobre todo a aquellas que tienen a un familiar pasando por una situación difícil, como una enfermedad o condición especial. Es una de las tantas razones por las cuales – gracias al universo – existen terapeutas, médicos, y especialistas ajenos a nuestro círculo inmediato que nos ayudan a trabajar no solamente nuestros vínculos interpersonales sino principalmente nuestra relación con nosotros mismos. Nosotros los humanos somos tan complejos (qué pesados), que además tenemos alguna especie de «chip» que hace que nos resulte aún más difícil manejar nuestras emociones cuando de nuestros parientes más cercanos se trata. Es por eso que cuando nos peleamos con nuestros papás, nuestros hermanos o parejas es más trágico o intenso todo. Es como si todo pesara más.
Como parte de mi proyecto Punto de Encuentro, tengo la suerte de poder ser parte de un espacio muy especial dentro de la dinámica de algunas familias. Muchas de ellas comparten una preocupación similar a la mía: a veces el estrés no puede más, la frustración es muy grande, el mal humor aparece, o simplemente nos agarran en nuestro cuarto de hora, y no somos la mejor versión de nosotros mismos con aquellos a quienes amamos incondicionalmente. Esto es muy humano, es muy común, y si bien pasa seguido y no debemos martirizarnos, es algo que también debemos reconocer y trabajar.
Cuando cualquier mortal común y corriente se equivoca, uno no siente mayor cosa. Cuando un papá o una mamá se equivoca, pueden colarse por nuestro inconsciente (o consciente) sentimientos o pensamientos tan verdaderos como absurdos. Pueden aparecer sentimientos como miedo por ver a un ejemplo equivocarse frente a nosotros, puede aparecer la cólera, entre otros. A veces, en mi caso, es la imagen directa y literal que mis papás están envejeciendo, que están perdiendo sus capacidades, o su memoria, o que son simplemente erráticos como cualquier ser humano. Me ha pasado ver a mi mamá ser del club de las que ya no escuchan bien o las que necesitan ayuda para bajar ciertas escaleras, y sentir cómo violentamente se voltea la tortilla para ser yo quien tendrá que cuidar de ella. ¿Cómo algo tan natural puede ser tan duro? Nuevamente, como la ciencia lo demuestra, cuando de relaciones y vínculos inmediatos se trata, se cruzan tantas variables y sentimientos a la vez, que todo se intensifica.
Es por eso que además de siempre hacer un trabajo personal de crecimiento, siempre he pensado que hay que trabajar las relaciones familiares con especial cuidado, porque están llenas de contenidos que son más fuertes que nosotros y pueden determinar muchas cosas. Contenidos muy fuertes a nivel racional y emocional. Sepamos reconocer también cuando no estamos siendo capaces de manejar estos vínculos solos, y necesitamos ayuda de un moderador, o un tercero. Y sepamos reconocer también cuando estamos siendo muy incoherentes con nuestra forma de comportarnos con nuestros más adorados versus el resto del mundo. El trabajo con nosotros mismos nunca acaba, no tiene sueldo, y es el más duro.

Deja un comentario