Facebook vemos, corazones no sabemos. ¿Es así el dicho? Bueno si no es así me inventé. Todos y todas sabemos que las redes sociales están hechas para publicar lo geniales que son nuestras vidas, o si aún no superas un pedacito de tu adolescencia, aprovechas para quejarte y reclamar atención a través de posts mega emo o del estilo «todo se derrumbó». Hay algunos más caletas como «sólo necesito un abrazo hoy / manden vibras» (pero no dicen para qué ni por qué). En cualquier caso, Facebook e Instagram (con éstos a mí me basta) nos han demostrado ser más efectivos que la RENIEC y podemos saber casi todo sobre la vida de quienes nos rodean.
Dicho ésto, aparece un espectro como de matices: hasta qué punto publicas todo todo todo, quiénes ven qué cosa de tu vida, pero luego qué otros amigos saben con más detalle otras cosas. Es como si tu vida, lógicamente, tuviese categorías que van desde lo privado hasta lo público, entonces cuando pareciera que las redes sociales nos llevan hasta lo más íntimo, en realidad no sabemos. ¿A qué voy con todo ésto? Más de uno ha vivido o visto de cerca cuando termina una relación y de pronto toca desaparecer las 300 fotos que compartieron en Facebook, o cuando cortas palitos con alguna amistad y Facebook te recuerda que «un día como hoy» la pasaron pepa y te da acidez recibir cada notificación. No me he tomado el tiempo de acosar a la pareja que salió por todas partes el pasado fin de semana, Micaela Costa y Martin Camino, pero me imagino que ver una escena de terror y violencia como la que casi todo Lima vio luego de más de tres años de relación debe haber sido un shock. Conozco a miles de parejas (me trepo al carro) que alguna vez discutieron o no la pasaban bien pero su Facebook decía todo lo contrario (con filtro, además).
Más que una crítica, me pongo a pensar «en voz alta» acerca de hasta qué punto exponemos demasiado, callamos demasiado, compartimos todo, o qué compartimos. Hay cosas que me cuesta entender, como cuando le escriben a alguien que ha fallecido en su muro de Facebook. No lo juzgo, no lo critico, simplemente no lo comparto o no lo entiendo. Tampoco entiendo cuando las personas comparten fotos de todo lo que comen. Entiendo los selfies pero hay gente que se excede, pero ¿qué es excederse? Amo que mis amigas, amigos y familiares compartan fotos de mis sobrinos, sobre todo los que viven lejos porque puedo verlos crecer a distancia, pero también entiendo a aquellos papás que cuidan a la imagen de sus hijos desde pequeños. Uf, si mi mamá hubiese tenido Facebook, ¡no sé si yo tendría dignidad por todas las fotos mías que hubiese puesto, ja! Cada uno hace y usa su imagen como quiere, y todo parece estar bien mientras no hieras al otro. Pero ¿nos estaremos haciendo algún daño, a corto o largo plazo?
Entonces llegamos a una reunión social, y tenemos que ser coherentes con lo que
mostramos en nuestras redes sociales, pero agregarle algún elemento más, para humanizar la interacción. Elegimos con quién conversar, qué detalles contarle, dónde ahondar, aclararle qué cosa era verdad y qué cosa no tanto. Hay días donde prefiero vivir en el mundo de las redes sociales donde pareciera que todo está bien y es bonito. Hay días donde odio todo eso, y prefiero estar solamente con quienes más me conocen, decirles todo lo que pienso en verdad, sin pelos en la lengua (aj, acabo de pensar en tener pelos en la lengua, qué feo). Personalmente soy una persona demasiado transparente. Me cuesta muchísimo ocultar lo que siento o pienso, entonces lo que se ve en un lado es más o menos igual por otro. Pero siempre me cuestiono este tipo de cosas acerca de las interacciones sociales. Yo sólo quiero asegurarme que cuando tenga un verdadero problema, cuando de verdad necesite un abrazo, buenas vibras, o ayuda, tenga excelentes amigos y familia a quienes pueda acudir. Y quiero asegurarme que nunca será más importante aparentar estar feliz que trabajar en estarlo verdaderamente. Eso sería, por ahora :.)

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