Gracias a los amigos y familia elegida que la vida nos da, conocí desde chica a la familia de Don Manuel, a quien luego empecé a visitar regularmente como clown hace unos meses. Nuestro reencuentro fue desde otro lugar, fue otro tipo de vínculo, un encuentro esta vez a través de la nariz, con otra mirada y con otro objetivo: acompañarlo.
Además de ser un hombre fuerte, caballero, y padre de familia en todos los sentidos, Don Manuel ahora también era viudo, y sufría diversos malestares que poco a poco imposibilitaban que él pueda hacer su vida de manera independiente y con tranquilidad. Una vez por semana, mis visitas fueron un espacio donde conversábamos, cantábamos, y a través de mis ojos, él podía verse más allá de su condición. Mi mayor deseo siempre fue recordarle a Don Manuel cuál era su mejor versión de sí mismo, y por suerte pude encontrarme cada vez con una mirada cariñosa, abierta, llena de experiencia, y sabiduría.
Recuerdo con muchísima emoción cuando me invitaron a celebrar el día del padre el año pasado con Don Manuel y su familia, y de pronto su cuarto se convirtió en una congregación de hijos, nietos, y personas queridas reunidas para celebrar al responsable
de juntarlos. Aunque parezca en vano o no sea natural, hacer un ejercicio tan sencillo como tomarse el tiempo para que cada miembro de la familia le de un abrazo a Don Manuel fue totalmente conmovedor, necesario, y estoy segura que inolvidable para él. Como familiares de alguien que no está en sus mejores condiciones físicas – o al menos no en mismas condiciones de salud que nosotros mismos – nos cuesta encontrar formas simples y directas de comunicarnos. Un abrazo, una canción cantada como salga, o un silencio compartido son más que suficiente.
Una caída, la edad, y la vida misma hicieron que poco a poco Don Manuel pierda la capacidad de vivir plenamente, como antes. Hubo semanas donde no quería hablar, donde la comunicación era más difícil, pero la conexión nunca se perdió. Como clown, mi rol siempre fue acompañarlo, estar ahí, en las buenas y malas. A veces ésto podía ser muy frustrante, sobre todo desde afuera, al no ver una respuesta clara y concreta, o sentir que quizá no tenía sentido mi presencia. No importaba, porque al menos durante una hora a la semana, todas mis energías estaban concentradas en darle toda mi atención, mi amor y mi cariño a mi amigo Manuel.
Creamos adaptaciones y recursos: trabajar con maracas que pueda agarrar con sus manos con facilidad, o utilizar cierto tipo de música para acompañar cierto estado de ánimo, para que Don Manuel pueda expresarse por canales diferentes. El universo payaso es así de infinito, y hay muchas posibilidades, que combinadas con música u otras artes pueden lograr cosas maravillosas. A veces la forma de comunicarnos, entre seres humanos, no es del todo «lógica». Hay conexiones e instantes que van más allá de la comunicación tradicional, de esos que «sólo se explican si los vives»… y Don Manuel y yo ahora compartimos muchísimos de estos momentos.
El martes pasado visité a Don Manuel en la clínica, luego de un nuevo infarto y las secuelas que siguieron. Al sentir que llegué me apretó la mano fuerte, fuertísimo, como de costumbre. En medio de la situación y el entorno diferente, nos reencontramos, nos acompañamos, y pude arrullar su respiración con música suave. Le dije al oído muchas veces lo valiente que era, y lo orgullosa que estaba de conocerlo. Me despedí a las 5 de la tarde, dándole un beso en la frente y agradeciéndole infinitamente por compartir tanto conmigo en estos meses. Dos horas después recibí el mensaje con la noticia de su partida, tranquilo, descansando por fin.
Estoy muy agradecida con Don Manuel y su familia por abrirme las puertas de su casa, y de su corazón. Requiere de mucho amor y esfuerzo abrirle las puertas a una payasa como yo, cada semana, a un espacio tan íntimo en una familia. Buen viaje amigo, aquí mi corazón te recuerda para siempre cantando: «Don Manuel, Don Manuel, no hay nadie como él».

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