Con la vida adulta empiezas a apreciar las cosas de buena calidad, o al menos a mí me pasó así. Entiendes por qué un buen vino cuesta más, entiendes cómo unos buenos zapatos son más cómodos y duraderos y no se empezarán a pelar en 20 usadas, o agradeces por haber tenido acceso a una buena educación (ya sea colegio, universidad, o curso). Pero más importante que todo eso, entiendes que las relaciones de calidad que cultivas son las que más enriquecen tu vida. Las mejores amistades que tengo son las que han sido testigos de momentos cruciales de mi vida, pero sobre todo son personas que me han aprendido a querer en mis peores momentos. Literal, a veces pienso que yo hubiese tirado la toalla conmigo en tal o cual época, pero ahí siguen, los incondicionales.
Hay, también, relaciones que uno tiene en su vida – ya sea amicales, amorosas, laborales – que te hacen pensar más de una vez «¿por qué estoy tan cerca a esta persona?» , y me pasa que muchas veces me ha costado o me cuesta tomar distancia. Y es que la mayor parte de veces, para las personas que no tenemos la antena mágica prendida, nos damos cuenta que no son relaciones de tan buena calidad cuando ya está el vínculo o la novela muy avanzada. Nos pasa, que vemos atrás y decimos «¿cómo aguanté esta pareja tantos años?» o «si yo sabía que era así, ¿por qué fuimos patas tan cercanos?» o también «¿cómo se me ocurrió que chambear juntos era una buena idea?» … lamentablemente la vida está diseñada como para darnos cuenta de esto efectivamente es tarde, cuando ya nos dolió, cuando ya metimos la pata, cuando ya estamos muy enamorados, cuando más cuesta tomar distancia. No se ha inventado una alarma más efectiva que nuestro propio instinto, porque parte de la vida es aprender a afinarlo, para aprender, para la próxima.
Y como quien limpia su casa, su cuarto, su escritorio o su cartera, toca limpiar nuestras relaciones de vez en cuando, redistribuir nuestro tiempo e invertir en aquellas relaciones que ya demostraron hacernos bien, hacernos crecer, hacernos felices. Ojo con «felices»: hay relaciones que sacan nuestro lado más divertido, pero no necesariamente el que se muestra más coherente con nuestros objetivos de vida, con lo que buscamos, con lo que nos nutre. Lo nocivo suele ser muy atractivo, o tener resultados geniales a corto plazo que nos hacen pensar que por acá estamos yendo bien. Qué peligro, ¿no?
Por acá les dejo un artículo que leí sobre el tema hace poco, para seguir reflexionando. ¡Click aquí!


Deja un comentario