Me pasé. Cuando empecé mi vida independiente, sin sueldo fijo ni planilla, decidí vivir de mis ahorros, con trabajos de artista independiente, pero – acá el error principal – sin adaptar mi estilo de vida. Pues ya pasó año y medio y finalmente llegó el día: no tengo más ahorros, y tuve que pedirle plata prestada a mi madre a los 31 años. Me pasé.
Es muy curioso porque justo este verano yo sentí que estaba viviendo una segunda (o tercera o cuarta…) adolescencia, pero por primera vez me siento de verdad adolescente: misia. Me siento como mis amigos me decían que se sentían cuando éramos más chibolos. La menuda diferencia es que yo tengo 31, soy licenciada, inteligente, y supuestamente organizada. Todo parece indicar que la lógica de la administración del dinero y el ahorro es mi talón (o pierna entera) de Aquiles.
Lo bueno de todo: me pasó en una época donde aún puedo vivir donde mi mamá, donde tengo un techo donde vivir, comida, y estoy en todas mis capacidades para trabajar – encima haciendo lo que me gusta. Está empezando además una etapa muy bacán de crecimiento artístico y laboral, así que veo una luz al final del camino.
Lo malo, malísimo: ¿Cómo no vi venir esta situación? Si la vi venir, ¿por qué no hice algo al respecto? ¿algo sensato y más eficiente? Para coronar la situación, se malogró mi carro y se oxidó mi bicicleta. Cuando converso del tema con amistades me explican que saldré pronto de esto, me dan ideas, me dan ánimos. Estoy bien, sé que hay gente que se maneja bien y que obviamente vive en peores condiciones. No debo quejarme, debo hacer algo al respecto. Algo adulto al respecto.
Eso nomás quería compartir. Lo dejo aquí para que quede en mis actas, en mis archivos, que conste que también soy errática en ese rubro y que estoy segura que poniéndome las pilas todo será sólo una anécdota. Pero me pasé de irresponsable, ¿no?


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