Hace unos años, en uno de mis primeros talleres de clown, una amiga me dijo que yo era muy valiente porque era auténtica. Y eso era muy difícil. No me pude sacar la palabra de la cabeza, y se convirtió en una especie de meta: no perder mi autenticidad. Creo que siempre me consideré auténtica, nunca me molestó serlo. Me gusta serlo, y creo que es importante serlo. Yo entiendo por «auténtica» el ser fiel a ti misma, no imitar a otros, aceptarte como eres, y muchas veces nadar contra la corriente.
Obviamente no siempre fui así del todo, o mejor dicho tuve épocas donde me dejé influenciar muchísimo por otros. Cuando uno va creciendo (siempre, ¿no?) la cantidad de estímulos y referentes es tan grande que es muy difícil no dejarse contagiar por lo que hace alguien más. Uno pensaría que siendo hija única tendría menos referentes, pero siempre crecí rodeada de otras personas. Lo de ser hija única vino acompañada, más bien, de un séquito de porristas que me han hecho barra a todo lo que he hecho siempre. He tenido la suerte de crecer en un hogar y familia feliz, rodeada de amor y de atención, entonces todo lo que hice y hago viene acompañado de motivación, de consejos, de apoyo incondicional y de felicitaciones. Ésto, sumado a mi personalidad extrovertida, dio como resultado a una Luciana nada tímida, con cosas que no le gustaba de ella obviamente, pero en principio sin miedo a darse a conocer.
Mi gran aterrizaje forzoso a la realidad ocurrió cuando empecé a formarme como clown. No, no terminaron de caer las fichas cuando estudié comunicaciones, o cuando estudié actuación. Ni siquiera en los primeros talleres de clown. Como me dijo una vez mi maestra Wendy Ramos, «a veces la vida te manda el mismo regalo pero con diferente envoltura, hasta que te des cuenta de lo que te está mandando». A diferencia de los demás, a mí no me costaba mostrarme ante los demás. Mi zona cómoda siempre fue el disfuerzo, llamar la atención, jalar foco, etc. Y de pronto, aquí me pedían mostrarme vulnerable frente a los demás. El piso se transformó en arena movediza.
Ser verdaderamente auténtica es una lucha constante, porque requiere amistarte una y otra vez con quién eres: las partes bonitas y las partes feas también. Esas, las que guardas al fondo de tu cajón, las más incómodas. Esas, las que te toca defender cuando eres tú versus un mar de gente con mejores argumentos que tú. Hoy, después de muchos talleres de clown o de experiencias similares, me cuesta mucho más esconder quién soy. la gente siempre me dice «qué loca, ¿por qué dices eso en voz alta?» o «¿por qué te pones pijama en el teatro para el calentamiento?» o «¿por qué te vistes así?»… yo creo que mientras uno esté cómodo, feliz, y sin hacerle daño a nadie, va a proyectar esa comodidad y felicidad al resto del mundo. Y con suerte, contagiarlo.
Yo siempre trato de compartir cómo pienso y cómo me siento, primero porque no puedo evitarlo y segundo porque me gustaría que otros puedan hacerlo también. De hecho la próxima semana dictaré junto a Tomás nuestro adorado taller «Suéltate», donde desde su experiencia y la mía (totalmente distintas) tratamos de compartir en 3 sesiones cómo poder enfrentar la vida a través del arte, perdiendo el miedo al fracaso (pueden ver más haciendo click aquí o aquí). Amo dedicarme a lo que más disfruto, y poder compartirlo con otros.
Da miedo comprarse el pleito, verse por dentro y por fuera todo el tiempo, amistarse con las partes no tan bonitas de ti. Yo sigo haciendo el ejercicio, todos los días. Pero siento que me lo debo a mi misma, porque a fin de cuentas soy lo más preciado que tengo. Y me tengo que querer y cuidar para poder querer y cuidar a los demás.

… alguna vez un sabio de Pinterest dijo:
«sé tú mismo, todos los demás lugares están ocupados».

Deja un comentario