Heme aquí desempolvando y sacando telarañas de mi pobre abandonado blog, y no se preocupen que he preparado en mi cabeza la lista de excusas por semanas y semanas: bueno, me mudé, cambié de (sumé un) trabajo, recontra engordé, me enfermé, me curé, me enfermé otra vez, se murió gente a mi alrededor y nació mucha gente más a mi alrededor. La vida.
Éste post va sobre la comida, una vez más, y seguramente por eso me cuesta tanto empezar. Porque sé que no va a ser fácil, que va a incomodar, que hará que oficialmente termine el fin de semana, o en todo caso las vacaciones, y haya que esforzarse nuevamente por algo que es parte de la vida. Acabo de volver a leer dos entradas anteriores donde escribí al respecto, y confirmar que fácil es decir «ahí voy, me esforzaré» y luego retroceder mil pasos casi que gratis. Miren, si pueden / quieren, lo que escribí aquí y aquí.
La realidad: en la vida toca esforzarse por un montón de cosas. Así como hay gente que no puede dejar de tomar su medicación para vivir tranquilamente, yo no puedo descuidar mi alimentación. Esto quiere decir que tengo tendencia a engordar, no solamente por mi metabolismo, sino porque como tan mal y me gustan tan pocas cosas, que mi reflejo automático o mi «instinto» siempre me llevará a algo que no es lo mejor. Entonces, como quien se lava los dientes o va al baño todos los días, tengo que JAMÁS apagar mi alarma interna de «oye, ojo con lo que estás comiendo».
Qué flojera pensar todo el tiempo en qué comes y qué efecto hay en ti pues. Yo estoy acostumbrada a decir «tengo hambre» – o ni siquiera – «tengo antojo» y tengo el privilegio y suerte de poder comer lo que quiera. Sí, hay gente que ni siquiera tiene la posibilidad de escoger pues. Yo sí, y escojo lo que me va a saber más rico, lo que me va a dar placer. Y ahora he alcanzado el límite máximo, lo más alto que he pesado en mi vida.
Yo ya sé todo lo que tengo que saber. Lo que me cuesta es ponerlo en práctica. Voy a leer sus comentarios y decir «te acostumbras, es una rutina», o «el esfuerzo vale la pena» o «te recomiendo el producto xxx, amarás», y todxs ustedes tienen razón, pero aún no logro incorporarlo a mi rutina diaria. Tengo 32 años y he hecho millones de dietas, con cientos de nutricionistas, con resultados increíbles y terribles. He hecho deportes, he estado inscrita en gimnasios, he tenido rutinas, pero nada hace que sea constante o cuidadosa por siempre. Regreso a este lugar de frustración, de punto cero, donde cualquier esfuerzo que tomó años es nada en comparación a lo rápido que llegaron los problemas.
No, no hay una solución a la vista. Sólo un cambio de conducta, que no garantiza una solución. Pero es lo único que hay por hacer. Luciana: no comas sonseras, organízate como quien organiza su ropa, su casa, sus pagos (ja, ésto también me cuesta), organízate para comer bien. No Luciana, no comas ese pan que te costó 2 soles por pena a que se tenga que botar, y no botes esos vegetales que te costaron el triple sin pena. Y sobre todo, prohibido caer en la zona cómoda de «amo mis curvas», «soy gordita pero feliz», «la vida es una y se come rico caracho» y «me lo merezco». Porque estoy segura que no amo mis curvas y sí amo mi cuerpo, que no estoy feliz siendo gorda, y que la vida es una y quiero vivirla sin tantos problemas de salud, y no me merezco comer así.
Ahí voy, después de almorzar camote y desayunar pan, con tentación a decir «empecé perdiendo», pero ya, basta de excusas. Seguiré reportando, y espero no leer ésto en unos meses y decir «pobre ilusa, no se hizo caso ni un mes».


Deja un comentario