Casi empiezo con “todo empezó en el útero cuando disfrutaba que mis papás me hagan escuchar música”, pero creo que si entro en tantos detalles lograré espantar a todos los lectores en mi primera publicación. En resumen: desde siempre fui extrovertida, curiosa, chancona, afanosa, “groupie”, muuuuuy sensible, ocurrente, musical y con ganas de comunicarme con el mundo. Si sigo expresándome así, también los voy a espantar por ser tan humilde.

Voy de nuevo. ¿Quién soy y qué hago acá? Tengo 30 años y estoy atravesando una “crisis de los 30” como hay muchos que la atraviesan a los 40, 20, o todos los años. Hay cosas que sé, y hay cosas que estoy aprendiendo, y son esas las que me encantaría compartir contigo. Con alguien.

Siempre que busco lograr una cosa no lo consigo inmediatamente. Son más bien las cosas que no busco las que me terminan absorbiendo y engatusando por completo, cuando a mi ni se me ocurría que me gustarían: mi colegio, la ensalada Emiliana de San Antonio, mi novio, visitar hospitales, el helado/yogurt, trabajar con pacientes terminales o el clown. Por ahora me voy a explayar en lo último.
Era egresada de comunicaciones de la PUCP y además acababa de terminar de estudiar actuación teatral, pero me dedicaba – por no saber decir que no – a la producción ejecutiva de obras de teatro y eventos. Era inmensamente infeliz. Una de mis mejores amigas me dijo que me meta a un taller de clown con Wendy Ramos en Bolaroja. Primero me dediqué a juzgar tremendamente a aquel gremio de “no actores”, pero me metí a un taller de dos días (17 y 18 de abril del año 2010) porque me lo debía a mi misma, por haber sido fan de Pataclaun en el pasado.
Fue amor a primera vista, y a casi a ciegas porque no sabía en qué me estaba metiendo. ¿Un espacio donde ser yo misma estaba bien? ¿Ser yo misma con mis partes horribles incluidas? Se había abierto una ventana con vista al infinito. Por groupie y por viciosa acepté llevar el taller de clown hospitalario. Quería saberlo todo. De pronto, con mi pánico a las agujas y a la muerte, ahí estaba metida como clown en un hospital. Unos meses después, con otro trabajo adicional y al otro lado de la ciudad, acepté trabajar en Bolaroja. Algo sencillo, pensé. Exactamente cinco años después tenía dos puestos de trabajo ahí, y me tocaba evaluar junto a Wendy las palabras precisas para anunciarle al mundo que Bolaroja cerraba.

Los últimos años de mi vida giraron en torno al clown. De pronto me encontré a mi misma hablando como esas personas bien religiosas o de Herbalife o recontra deportistas, esas que están convencidas que lo que ellos o ellas hacen de verdad cambiará el mundo. Como la primera semana de relación amorosa. Así estaba yo. Y es que era cierto, no solo me pasó a mi sino que al ser Coordinadora Académica de la Escuela Bolaroja, veía cómo los más de mil alumnos al año tenían este “efecto”, esta reacción aparentemente excesiva pero genuinamente feliz al haber conocido al clown que llevaban dentro. Es como respirar la libertad.

Mi forma de pensar y actuar cambió casi por completo. Hay leyendas sobre mi personalidad en el 2010, y por más que me da vergüenza a veces, ahora abrazo a quien fui antes. Crecí. De pronto mi terapia psicoanalítica empezó a tener sentido, como un juego de tetris. Me invadió la revolución de la coherencia, y quería ser más auténtica que nunca, aunque eso implicara ser también más vulnerable. Mi forma de vestir no cambió mucho, pero cada vez mi vestuario payaso y mi ropa tenían más cosas en común. Dediqué todo mi tiempo libre a llevar talleres de clown de todo tipo y en todas partes. Viajé a un Festival de Clowns en Bogotá, me fui 5 semanas a Canadá a estudiar con Sue Morrison, y participé durante 5 años seguidos en el Festival de Belén en Iquitos donde vivía rodeada de payasos durante 10 días. Me enamoré de un payaso – bueno, me gustaron algunos, pero esto ya era amor. Bolaroja ocupaba mi mente casi el 90% del día, era mi segunda casa, mi casi mono tema de conversación, mi lugar seguro, mi espacio. ¿Cómo podía tener sentido que desapareciera?

En julio del 2016 era evidente que Bolaroja no era sostenible, al menos no lo era si quería seguir manteniendo su esencia tan especial y única. Entonces se decidió que sólo existiría hasta diciembre. Primero vino el shock, luego la pena, luego la culpa, luego la ira, luego la incertidumbre, luego la negación, luego la aceptación. Luego todo igual desde el comienzo y en repeat una y otra vez hasta diciembre, y felizmente la parte de aceptación crecía cada vez más. Tenía sentido, al fin y al cabo. Luego de hablar con tantísimas personas, sentir tantísimas cosas, leer mil memes y posts con frases reveladoras y trascendentales que la gente comparte en Facebook, y pensar mucho, concluí que esto sería un duelo pero cual ave fénix todos resurgiríamos dignos, más sabios y con ganas de seguir. Muchas personas no lo entendieron, a pesar de leer esta publicación (haz click), pero lo importante aquí es que yo sí lo entendía, y tenía 5 meses para dejar todo en orden y cerrar con broche de oro como correspondía. Mi crisis de los 30 es el resultado de despedirse de algo tan protagónico en mi vida, empezar aparentemente de cero, y querer ser artista e independiente en Lima, Perú.
Acá estoy, pedaleando. Y lo que estoy haciendo ahora es agarrar todo lo que aprendí en Bolaroja, sumado a todo lo que la vida me enseñó los últimos años, con una pizca de adrenalina, 2 litros de incertidumbre, 10 kilos de agotamiento acumulado y todo todo mi amor para construir un sueño propio. Estoy convencida que ser payaso es ser lo más Tú que puedas. Estoy convencida que yo quiero ser cada día más payasa. Y estoy convencida que los payasos cambiaremos el mundo. Será lento, será quizá muy sutil o difícil de percibir por tanta gente a la vez. Pero será maravilloso, y como tantas veces dijimos, “valdrá la pena y la alegría”. Voy a hacer lo mejor que puedo. ¡Ahí voy!

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