
Mi mamá es abogado y mi papá es contador. Soy hija única. La historia felizmente no involucra pleitos por seguir mis sueños en contra de las expectativas de mis papás. ¡Todo lo contrario! Mira qué suertuda: soy hija de melómanos, fanáticos del teatro, los museos y las artes en general. Mi biblioteca de infancia (la mayoría de libros los he conservado) tiene libros alucinantes, con historias de todas partes del mundo y con ilustraciones preciosas. He visitado museos en casi todos los viajes a los que he podido ir… y gracias a mis papás he tenido la suerte de viajar un montón también. Todo esto vino, por supuesto, acompañado de todas las clases extra curriculares del mundo: tennis, piano, ajedrez, hockey, natación, música para niños, cocina, cajón, pintura, etecé, etecé, etecé…
A pesar que tuve un corto e inexplicable éxito con la acrobacia y la danza de muy muy pequeña, todo intento de destacar en los deportes fue lamentablemente abandonado (pude ser regia, demonios…) y le di prioridad a la música. Antes de cumplir dos años, por ejemplo, me colé a una primera clase de música y rogué para que me dejaran ir. Sólo podía entrar a clase si iba en pañales para no malograr el salón recientemente alfombrado. Última variable antes de entrar a lo importante de esta publicación: estudié en un colegio donde tenía acceso a demasiados estímulos musicales. Tocábamos flauta, xilofón, y cantábamos. Además de estar en el coro varios años pude estar en la agrupación de flautas, en la agrupación de zampoñas, el grupo de percusión latina, el grupo de rock en cuarto grado, clases particulares de saxofón después de clases, y en paralelo por muchos años clases particulares de piano en mi casa. OH SI.
El resultado fue que salí del colegio y estaba absolutamente saturada de música, llena de estímulos, de prioridades adolescentes, de universidad y gente nueva, y de preguntas muy aparentes para la edad como «quién soy a dónde voy y para qué existo en la vida». Me distraje unos años y la música pasó a segundo y hasta como quinto plano. Ni siquiera finalizando mi carrera de comunicaciones, cuando estudiaba actuación en paralelo, salió a flote mi pasión por la música. La escondía, me daba roche, estaba segura que habría mejores que yo, quién sabe. Empecé a cantar de nuevo cuando se me acabaron los otros recursos cuando acompañaba a mi abuela a sus chequeos médicos. Hasta hoy le tengo pánico a las agujas, y cantar «la tortuga Manuelita» fue la única forma en la que pude sobrevivir mientras veía cómo le quitaban bultos / posibles tumores mientras yo agarraba su mano.
De repente había vuelto a cantar, había sentido otra vez esa sensación, esa cosquilla, ese placer total al momento de generar música, especialmente intensa cuando haces la música con tu propio cuerpo. Para ese entonces recién había descubierto el mundo del clown y pensaba que nada me haría sentir más vulnerable. Incluso empecé a cantar en el hospital cuando iba como clown y ocurrían cosas maravillosas tanto conmigo como con mis colegas y quienes visitábamos. Fue entonces que me convencí de entrar a un taller de interpretación… ¡palabra clave! Entonada era, técnica tenía, algo básico, sabía leer música, pero este taller estaba dirigido a mortales comunes, a no profesionales, que quisieran aprender a amar su voz e interpretar una canción con todo su corazón.
En paralelo a mi formación como clown, no paré de tomar talleres de interpretación, de canto, de música, de teatro musical, y finalmente clases particulares de canto. Desde hace casi dos años que entreno una vez a la semana disciplinadamente. Cuando mi vida dio ese giro (¿se acuerdan? cerraba Bolaroja…) en agosto del año pasado comencé a rebuscar en mi disco duro emocional en la carpeta «sueños pendientes», y ahí estaba: Un concierto, con lucesitas, con flores, con las personas que más amo entre el público, cantando mis canciones más favoritas, las que me hacen sentir más viva. Tenía que hacerlo realidad, porque de verdad qué lindo que es soñar.
En diciembre del año pasado en medio del peor mes del año (logísticamente hablando), hice un primer experimento y convoqué a algunos pocos íntimos valientes para que me acompañaran a ver si ésto era posible. Nunca había cantado durante tanto tiempo, sola, canciones que me remuevan tanto. Pero en medio de la tristeza, del tráfico, de los nervios, del dolor de espalda, y de todolodemás, ¡lo hice! Voy a dejar de lado los miles de «por mejorar» y concentrarme en «lo disfruté tantísimo». Mira, acá hay una foto:

Cerré los ojos casi todo el tiempo para evitar llorar, puse las letras por si me olvidaba, y decoré todo como yo soñaba para sentirme cómoda. Necesitaba un compañero que me acompañara con la guitarra, y sólo pensé en Miguel Riofrío («Río»), quien me había acompañado antes en alguna muestra de canto de algún taller con Merian. Es muy importante, para mí, rodearme de gente profesional, con quien me entienda y que me den la seguridad que necesito. Tuve muchísima suerte.
El hambre musical creció, y gracias a Río y a mi actual maestra de canto (Pamela Llosa) pude expandir totalmente mis horizontes musicales. ¡¡Y todavía hay tanto por descubrir!! Por ejemplo, les voy a mostrar el setlist del «Experimento 2»:
«Soledad» (Jorge Drexler)
«Sabor a mi» (Álvaro Carrillo)
«Something» (George Harrison)
«Pétalo de Sal» (Fito Paez, versión con Marlango)
«Anoche Soñé Contigo» (Kevin Johansen)
«La Noche de tu Ausencia» (Mario Cavagnaro)
«Zamba de Usted» (Soledad Pastorutti) – ¡¡y me acompañó Merian!!
«Ayer te vi (Quisiera quererte)» (versión de Pilar La Hoz y Sergio Valdeós)
«Los Aretes que le faltan a la luna» (José Dolores Quiñones)
«Quizás un día así» (Chabuca Granda)
«Nosotros» (Pedro Junco, versión de Omara Portuondo)

El «Experimento 2» se hizo realidad este 6 de mayo en la noche. También surgieron nuevos miles de «por mejorar», pero esta vez lo disfruté aún más. Cantar no solamente me hace aprender mucho sobre mí, sobre el mundo, sobre mis sentimientos, sobre mi cuerpo, sino que me hace sentir más viva que nunca. Cuando canto, vibro por dentro. Y la emoción es indescriptible. Creo que la combinación perfecta es entrenar para dominar la técnica sumado a una buena interpretación. Al igual que en el clown, no basta con saber las reglas de juego, tienes que buscar la verdad en cada cosa que transmites. Cuando canto comparto mi verdad, mi fragilidad, mi historia.
Obviamente ya estamos soñando con el próximo experimento… sí, son experimentos porque al menos por ahora son espacios donde probamos cosas nuevas con la música que nos gusta. He tenido la mejor de las suertes con los primeros dos experimentos, llenos de gente hermosísima en el público, experimentos llenos de aprendizaje y de emoción. Aprovecho la oportunidad para agradecer a quienes hicieron cada uno de ellos posible, y para preguntarles qué canciones les gustaría escuchar en un próximo experimento. Esta última pregunta va también para los que no pudieron acompañarnos en las primeras dos ediciones pero seguro estarán para alguna en el futuro. Cualquier sugerencia es bienvenida :.)
Ahora sí, último mensaje, con el riesgo a ser cliché o sonar a frase inspiradora de Pinterest: hay que hacer. Lo peor que puede pasar es que no te salga. Y lo mejor que puede pasar… ni siquiera lo he alcanzado y ya estoy inmensamente feliz. No hay límites. Soñar no cuesta nada, pero hacer realidad los sueños cuesta un montón. ¡¡Y vale totalmente la pena!!

Bonus track: ¿viste mi canal de YouTube? No es el más lindito, pero puedes ver cositas aquí.

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