
Primero pensé que era un tema generacional, pero he ido descubriendo que se trata de un asunto desde hace toda la vida y para siempre. Uno de los principales culpables, según yo, es el formato de película al que siempre tuve mayor acceso durante mi infancia/adolescencia: la película de Disney o la serie o comedia romántica donde finalmente luego de la crisis hay un final feliz y de pronto los créditos. Quizá al igual que yo muchos otros humanos se programaron para que algún día pasaría más o menos lo mismo en la vida real. Pues no.
Tengo 30 y al igual que muchos de mi generación estamos atravesando por un tránsito casi inevitable a la vida totalmente adulta, profesional y madura. Mi Facebook está rodeado de anillos, matrimonios, maestrías, bebés y triunfos laborales. No puedo negar que genuinamente celebro y disfruto cada uno de ellos, pero tampoco puedo evitar hacerme preguntas a mi misma: si yo haría lo mismo, si yo quiero lo mismo, si yo puedo alcanzar lo mismo.
Este despliegue (antes quizá «revista cosas sección sociales», hoy Facebook) de logros y felicidades y likes viene acompañado a la interacción social en vivo y en directo, que suele venir acompañada de muchas preguntas sobre ti. Ir a Wong, a una parrillada, a un matrimonio o a un lonche familiar implica, casi «de cajón» en mi caso, que me pregunten lo siguiente: «Y, ¿tú para cuando?» «¿y qué tal la chamba?» «¿ya te pidió» (me pidió ¿qué? ¿mi teléfono?) «¿sigues viviendo con tu mami, no?» «¿por qué no me visitas en xxx?» «¿pero cuando vienes pues a verme en xxx? ¡tienes casa fijo donde quedarte!» «ay pero te fuiste a Canadá qué te costaba darte un saltito ahí nomás a Los Ángeles a verme».
¿Les pasa? A mi me pasa. Un montón. Todos los días. Aquí podría empezar a hablar de lo lindo y a la vez peligroso que es tener tantos amigos y no saber decir que no y todo eso, pero voy a volver a mi tema principal: la felicidad.
Hoy, el mundo espera que una mujer de mi edad tenga un trabajo que le apasione («do what you love!»), una buena pareja («luego de tanto sapo por fin un príncipe»), que esté conviviendo / casada («por fin»), ojalá con hijos en mente (y cuando tengas uno, vamos planeando el segundo), que tengas ahorros, que ya tengas tu maestría, que tengas un hobbie, que tengas una vida saludable (full KO, batidos, granola y etecé), que hagas algún deporte (yoga, still trending), que si ya eres mamá que seas la mejor, mascotas (adoptadas de preferencia), y que tengas tiempo para no ser falla y tener una vida social activa con todas tus amistades. No es por nada pero yo siento que podríamos exigir al menos un sueldo fijo por todo este chambón, ¿no?
Esto no sería un verdadero problema si es que no viera a mi alrededor a muchas personas teniendo, al igual que yo, una preocupación constante por ser feliz. Como preguntándose por qué, luego de tanto esfuerzo, aún no son felices. He aquí la verdadera pregunta. ¿Será que en realidad uno nunca es FELIZ para siempre? ¿Qué entiendes tú por «ser feliz»?
Si vamos para atrás, yo sí recuerdo sentir mucha preocupación porque en el colegio odiaba las matemáticas, o tener que ponerme uniforme, o hacer natación en invierno, o no ser independiente y hacer lo que me de la gana. Terminando el colegio me declaré casi en huelga con la vida luego de sobrevivir al Bachillerato Internacional y volverme totalmente inmune al efecto de la cafeína por tanto estudiar. En la universidad me estresaba no tener uniforme porque tenía que pensar en qué ponerme todos los días. Odiaba tener horarios tan locos y no tener carro. Luego los cursos se ponían más fregados, te vuelves ultra misio, los dramas amorosos son más novelescos aún, sales hasta más tarde y tu cuerpo ya no aguanta tantas desveladas de corrido. Luego tienes que balancear la universidad con prácticas, con chamba, con los primeros grandes gastos, y de taquito empezar a ahorrar. Ahora hay otros gastos peores como alquiler, mantenimientos del carro, carro nuevo, matrimonio, bebé, regalos para los matrimonios a los que vas cada fin de semana, o para los bebés que nacen, o las cuotas para las despedidas de soltera, o el blanqueamiento de tus dientecitos, las compras del supermercado (eso da cólera… gastarte tu sueldo en pan y detergente, ¡me da cólera!). En el futuro nos espera mantener a los hijos y/o mascotas, impuestos, y unas trescientas visitas al médico por los múltiples achaques de la edad. Nunca acaba, ¿ves?
Entonces, ¿PARA QUÉ ME COMPLICO? He llegado a la feliz conclusión que la felicidad no es un objetivo o una meta a la que uno llega y todo está consumado. Yo creo que la felicidad es un estado por el que pasamos a veces muchas veces en un sólo día. Es un estado de ánimo, es una forma de enfrentar una situación, es algo que no siempre está pero que también puede volver a aparecer.
Ahora, hay que chambear para ser feliz, y no me refiero a una cosa de planilla, sino la chamba más difícil de todas: para adentro. Y es un trabajo que no te da sueldo y que acaba sólo el día en que te mueres. Así que ahora que ya se reventó esa burbuja hago lo mejor que puedo. A mi edad, lo mejor que puedo hacer es rodearme de todo lo que me hace feliz. Quizá no soy deportista pero trato de ordenar mi alimentación sin sufrir tanto. No puedo viajar todo el tiempo pero soy consciente que estoy emprendiendo un nuevo rumbo laboral y tengo que tener paciencia. No soy totalmente independiente pero tengo una familia que me apoya y me ama incondicionalmente. Me quejo, pero también me esfuerzo muchísimo. Porque hay que hacer. Da flojera, claro que sí, hay días buenos y días malos. Pero es el trabajo que nos toca como humanos: hacer lo mejor que podamos. Bajemos la valla un poquito, sin perder de vista nuestro objetivo. Cuidémonos, porque somos humanos y por lo tanto llenos de errores y de posibilidades. Equivoquémonos, pero sepamos por qué. Amemos, con sabiduría y con locura.
Y en caso de emergencia, mira a tu alrededor: estamos todos igual que tú :.)

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