Punto de Encuentro (Parte 2)

Si es la primera vez que pasan por aquí, «Punto de Encuentro» es el nombre de uno de mis proyectos con Puntolú – me atrevo a decir que mi favorito. Este trabajo consiste en realizar visitas como clown a personas que solicitan mi compañía. Generalmente estas personas tienen a algún familiar en casa, con alguna enfermedad o dificultad, y mi trabajo es conectar con el lado sano de esta persona para reducir su ansiedad y malestar emocional. Pueden leer más haciendo click aquí y leer la primera parte de esta historia haciendo click aquí. Hoy quería contarles una de las principales motivaciones que me hicieron hacer lo que hago. Específicamente, quería contarles sobre una persona que conocí hace mucho tiempo y fue mi gran maestra en este tema.

Voy a compartir con ustedes la historia de mi amiga Kalumy, una niña que conocí cuando visitaba el Hospital del Niño como parte del equipo de Doctores Bolaroja, clowns profesionales voluntarios. Hace algunos años, cuando Bolaroja aún existía como organización, escribí unas palabras sobre Kalumy. Anoche soñé con ella otra vez, y busqué entres mis archivos y encontré lo que escribí pero finalmente nunca compartí. Aquí va…

«Exiten algunos pacientes en los Hospitales que visitamos a quienes tenemos la oportunidad de conocer más que a la mayoría, ya que tienen cuadros más complejos y se quedan internados en períodos más largos. Entre los muchos amigos que he hecho desde que empecé a visitar el Hospital del Niño, me reconozco infinitamente suertuda por haber conocido a una niña tan distinta como Kalumy. Kalumy, “la reina de Gastro”, vivió una vida a medias, porque siempre supo que estaba mitad acá y la otra mitad allá. Hasta conocerla, siempre tuve mucho pánico de hablar de la muerte en general. Me resultó inédito escuchar a una niña de 6 años hablarme de la muerte con tanta naturalidad. Ella siempre se supo princesa, lo cual hizo que ocurra una conexión especial con nuestras personalidades. Cuando nos vimos por primera vez en el año 2011, me explicó que la sangre que tenía en una bolsita arriba de su cama era porque era vampira (también), y que su misión en este hospital era engordar. «Tú que ya eres gorda, ¿cómo haces?» Me enamoré.

Desde entonces siempre supe que nuestro vínculo era así: una amistad entre una payasa y una niña, una amistad con una persona que en cualquier momento podía no estar en el mundo. Pero dos años después, seguía estando. Sigue estando. En el 2013 su cumpleaños cayó martes y coincidió con nuestra visita. Todo el servicio de gastroenterología se llenó de vampiros y Draculauras. Sus favoritos. Poco después me dijo «ahora sí necesito que me saques de acá, porque ya estoy cansada.» Yo le expliqué que yo no podía hacer mucho más que estar con ella, quererla siempre. Me explicó una vez más que si «ella llegaba a ser grande» iba a tener un restaurante para comer todo lo que le de la gana (y no sólo frutiflex), o que también iba a ser payaso como yo, y vampiro, y princesa. Siempre jugaba con las posibilidades que su vida a medias le daba. «Si llego a ser grande….»

Y se fue a su casa. No a rendirse, pero sí a despedirse de este mundo a su manera. Pensé que nunca más la iba a ver. Gracias a Bolaroja, de pronto todo rodó en dirección a ella y sin discutirlo se abrieron las puertas, me ofrecieron ir a su casa. ¿Se imaginan? después de dos años de que me la describa como algo ya borroso en su cabeza, Lupita iba a conocer la casa de Kalumy, a su hermanita, su mundo. Ya tenía muchos momentos guardados en mi corazón antes de esa última visita, ya estaba satisfecha, pero esto fue un «extra» que cerró un circulo maravilloso. Entonces ese 9 de junio dos payasas cruzaron la ciudad y subieron un cerro para llegar al lugar tantas veces descrito por Kalumy. Ella no sabía que iríamos, su cara se iluminó. Mi tocaya Luciana y yo (“Tábata” y “Lupita” para Kalumy) sorprendimos a nuestra amiga en su casa. Ella nos presentó a su familia, nos mostró todas las cosas que estaba comiendo ahora “porque podía”, nos dejó besarla y abrazarla, nos despedimos.

Luciana y yo volvimos a casa de Kalumy un 4 de septiembre de ese mismo año. Llegamos sin ropa de payasas, pero con nuestras narices colgando valientemente en el cuello. Llevamos florecitas rosadas de parte de los Doctores Bolaroja. Llevamos una nariz para Kalumy. Su mamá, Judith, estaba casi sola sentada frente a un ataúd blanco y pequeño. Lo que antes era la bodega en la entrada de la casa de Kalumy era ahora un espacio en silencio, una estatua de Jesús (con capa rosada, obviamente), un peluche de conejo rosado gigante, y Kalumy estaba con un vestido de princesa gigante morado. Su mamá nunca se dejaba abrazar porque Kalumy se ponía celosa. Ese día nos vio y se dejó abrazar como nunca. La sentí tan sorprendida, desecha, cargada, como si toda la fuerza que la hacía levantarse todos los días en Carabayllo y viajar más de una hora al hospital para ver a su hija, hubiera desaparecido.

Fue un honor estar ahí en ese momento. Me siento muy afortunada por haberme sentido acompañada ese día por mis compañeros de equipo de tantas maneras, por tener a Luciana a mi costado todo el camino, por abrazar a Judith, por estar con la familia de Kalumy, por poder verla con su vestido morado. Qué difíciles son estos momentos y qué fáciles se hacen cuando hay tantísimo amor alrededor. Esa soñé con Kalumy, por supuesto. Soñé que programaban una última visita en el hospital para decir adiós. Como yo ya sabía el «final de la historia», aprovechaba y le confesaba a Kalumy que Tábata y yo nos llamábamos «Luciana» en realidad, cuando no teníamos puesta la nariz. Era el único secreto «pendiente» que el mundo de Morfeo se encargó de resolver. La muerte sigue siendo indescifrable para mi, nunca llega en un momento correcto, no se puede predecir, no se puede controlar. Pero la muerte de Kalumy llegó porque tocaba, y fue hermoso poder despedirme de mi amiga, en su casa. Mi amiga Kalumy. Gracias siempre y para siempre.
.Lupita «

Siento lo que en Brasil se llamaría «saudade». Recuerdo a Kalumy como mi gran maestra por su forma de entender y enfrentar la vida, con la poca edad que tenía. Siempre sentí que era ella la que me enseñaba a mí como comportarme, cómo cuidarme, cómo ser yo misma y cómo darle cariño a otros que no lo acostumbran dar de la misma manera que yo. Ahora me animé a compartir nuestra historia porque anoche soñé que la veía… y me preguntaba cuántos de nosotros tenemos a grandes maestros que nos visitan en nuestros sueños, o cuántas veces alguien que no esperábamos que lo haga nos enseña tanto sobre la vida. Hay vínculos que se forman de maneras poco convencionales y que significan tanto. Y sobre todo, hay que sacarle el jugo y casi sacarle la vuelta a la vida, sin miedo a ser auténticos.

kalumi
Cumpleaños número 8 de Kalumy. 19 de marzo, 2013.

*En ese entonces éramos mucho menos cuidadosos con compartir fotos con los pacientes del Hospital. En este caso, recuerdo que Kalumy me la pidió y también me dio permiso de mostrarla.*

 

 

2 respuestas a “Punto de Encuentro (Parte 2)”

  1. Avatar de ritaperuanisima
    ritaperuanisima

    Estoy en la casa, y no puedo contener la emoción al leerte. Imagino el dolor de la mami de Kalumy, y la madurez tan fuera de lugar de Kalumy. A su edad saber de la vida y de la muerte no es justo. Gracias por abrir tu corazón y contar una historia que con tu sensibilidad, la has engrandecido doblemente. Te admiro y agradezco también, por la ayuda que me das con mi mami. Ella también es una «Kalumy» viviendo en el limbo de sus recuerdos, y que algún día tendrá que decir adiós. Gracias a ti, he aprendido a volver a jugar con ella, y no tomarme la vida tan en serio. He aprendido a hacerle cosquillas, a hacer muecas, y sacarle la lengua, y jugar a lo que sea para escucharla reír. Gracias a ti, y a todas las personas que a ti te enseñaron a ser así, ahora puedo ser diferente con ella.
    te amo…….

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    1. ¡Gracias por tus palabras, por tu cariño y tu confianza! Yo también te amo mucho, siempre.

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