La incomodidad y yo no somos amigas desde hace nunca. Quizás lo fuimos en algún momento de mi vida universitaria cuando pude tolerar las balerinas chatas baratas o los «salud» por compromiso con tragos baratos, pero no duró mucho felizmente. Quizá la única incomodidad que he logrado tolerar a través de los años es una vida social intensa por no saber decir que no, pero ese es otro tema del que ya hablé bastante y del que seguro seguiré hablando pero ahorita no. Quisiera – no voy a decretarlo, porque ya me asumí errática – inaugurar mis 32 con el propósito de trabajar la aceptación de la incomodidad como parte de la vida.
Empecemos por el principio: ser hija única es paja, y en mi caso ha sido muy lindo todo y le agradezco a mis papás todo y otro día hablaremos sobre tantas cosas pero lo cierto es que hay que aceptar que algunas cosas, aunque no fueron su intención, quizá tuvieron unos puntos en contra. Cuando queremos mucho a alguien – me incluyo – y queremos evitar que esta persona sufra, a veces somos tan maestros en esta tarea que logramos anular casi completamente el sufrimiento de su vida. Esto me pasó a mí. Logré estar convencida que existía el helado caliente, que las astillas salían con curitas mágicas y que el chocolate verdaderamente podía curar los males. Pero no, no es así, y todos lo sabían y ahora yo también. *Mensaje a mi mamá que seguro está leyendo ésto aterrada: mamá te amo, eres la mejor, gracias por todo igual.*
Pero la incomodidad, el sufrimiento, y el malestar son parte de nuestras vidas, y lo cierto es que todos los seres humanos tratamos de evitarlo: con chocolates, con Netflix, con música de fondo, con gente alrededor, con pensamientos positivos, con hobbies, con lo que sea. Pero hay momentos en la vida donde simplemente toca transitarlo y ya. Y es horrible. No hay crema ni pastilla ni nada que lo saque al menos para siempre. Está ahí y se va a quedar hasta que se «trabaje» – lo que sea que eso signifique. En algunos casos requerirá terapia, en otros mucho llanto, en otros casos sólo tiempo. Pero no podemos controlarlo y eso da un montón de ansiedad.
Mis formas favoritas de aliviar la incomodidad son comiendo y comprando. Y agárrense, no solamente son formas de aliviar la ansiedad sino también de premiarme por cosas que según yo me merezco pero no me merezco. Por ejemplo, si tuve un día difícil, es muy fácil auto convencerme que me merezco un postre o una blusa nueva. Facilísimo. Por supuesto que si vienen los dos en un mismo día, siempre me lamento porque nada me queda bien porque estoy gorda. ¿Es posible tanta incoherencia junta?
Y es que he logrado convencerme una y otra vez que me merezco cosas para escapar de la sensación de vacío, de malestar y de incomodidad, y lo único que he conseguido es ir postergando enfrentar algo o algoS que eventualmente seguirán ahí. Quizás no es nada fantástico o ninguna gran revelación. A lo mejor y probablemente es sólo el hecho que no tenemos que vivir complaciéndonos a cada rato. ¿Por qué tenemos que vivir premiándonos? ¿No se supone que en un día promedio de un humano promedio hay momentos buenos y momentos no tan bacanes?
Hay personas que nacen, por ejemplo, con alguna discapacidad muy visible, y tienen que vivir en función a eso. Y en vez de vivir renegando al respecto eligen vivir agradecidos por todo lo demás y hacer su vida funcional teniendo esta condición en cuenta. Yo, por ejemplo, tengo el metabolismo lento. Digamos que de todos los males del universo son bastante afortunada. ¿Por qué no puedo aceptar que no puedo comer dulces y carbohidratos descontroladamente todo el día? Aceptar. Me cuesta muchísimo. Sobre todo si implica que estaré incómoda en muchos momentos del día.
Bueno, al menos soy consciente. Y no me voy a premiar por serlo. Pero es el primero de – ojalá – muchos pasos en este cambio de conducta que me gustaría tener. En los 32, aunque nunca use tacos, por fin tocará aceptar la incomodidad.


Deja un comentario