Revivo mi blog porque lo necesito. Cuando no puedo hablar, por suerte puedo escribir. Y en este espacio seguro, mi espacio, público pero mío.
El martes fui al médico. Quiero contarles, en desorden – disculparán, algunas de las cosas que pasaron, que escuché. No están al orden ni al pie de la letra textualmente, pero mi memoria es buena, fue ayer y mi corazón recuerda todo más claramente de lo que quisiera.
Contexto: Todo transcurre en la Clínica Angloamericana. Otorrinolaringología. Tengo seguro.
Tengo todo el tiempo para ti. No tengo apuro.
Todo parece ir bien. Una persona mayor, aparentemente de buen humor. Su consultorio lleno de diplomas, de información, un poco desordenado. Se presenta como una eminencia. Parece serlo, al menos parece querer demostrarlo a cada rato. Yo que siempre quiero hablar y estoy desesperada por contarle mi caso, me siento corta cuando le hablo.
Este equipo me costó miles de dólares. Por eso te cobro aparte por ésto, nadie tiene este equipo. Sólo yo. Yo conozco a todos, tengo demasiados años en ésto. Todos los artistas y sobre todo cantantes vienen donde mí.
Le cuento que nunca me he hecho una laringoscopia, que tengo nervios. Me siento, me dice cómo sentarme. Abro el primer botón de mi blusa, chequeo general. En estos momentos es cuando una se siente vulnerable pero, finalmente, en manos de la medicina. Dice tener buena mano pero que en verdad es todo gracias a su fantástico equipo que todo resulta tan fácil y no duele. Además, no tengo nada que temer, él ve a todos los artistas importantes. Él canta tangos. Pienso que me entiende, aunque seguro no sabe lo sensible que me pongo cuando a mi voz se refiere.
Porque tú tienes buen diente, eres gordita, ¿tienes buen diente no?
¿Cómo debí responder? No puse cara de nada. O quizás sí, y por eso de repente pensó que no quería hacerle caso. Abrí la boca nomás, con vergüenza. De todos modos es una laringoscopia, no una comida. Todo bien. No hay nódulos ni tumores, pero tengo una cuerda vocal «coja» o debilitada. No entiendo la palabra que me dice. No escucha bien mis preguntas (¿tan mal está mi voz?), repito mis dudas.
Eso de lo que hablas lo menciono en mi último libro, he publicado un montón, se usan para estudios de medicina ahora.
Veo dibujos y fotos, entiendo. Hago algunas preguntas más. Me da golpecitos en la cabeza con cariño, «muy bien, ya me entendiste». Me siento un poco tonta a pesar que parece no haber mala intención.
Eres muy jóven para ésto. Ya era hora que vayas a un foniatra, tienes que aprender a usar tu voz, porque claramente no manejas la técnica. Y tienes que ir a donde yo te recomiende, porque no cualquiera es foniatra y casi todas las profesoras de canto no saben lo que hacen.
Aquí sube el volumen a mi vulnerabilidad y nivel de inseguridad. Sé que no estoy en verdadero peligro, pero lo que me dijo, cómo me lo dijo, me hizo sentir miedo, perder la confianza en mí. Tiene razón, claro que la tiene. Pero por qué me siento tan frágil.
¿Tienes depresión? Me lo imaginaba. Eso que tomas te hace tener hambre siempre.
Siguieron las preguntas de rigor, y apareció este tema. Y aquí me empiezo a sentir incómoda. ¿Sabe lo que implica tener depresión? ¿Pensará que es la mejor manera de abordarlo en una consulta con un paciente? ¿Por qué no me pide detalles? ¿Qué está asumiendo?
Un verdadero desperdicio, tienes una cara tan bonita, y eres gorda.
Justo lo que no necesitaba escuchar. Mi discurso de empoderamiento se esconde en algún lugar inalcanzable, y lo único que atino es a estar callada… y luego decir «bueno voy a operarme el estómago ahora en octubre». Cambia de tema. No puedo defenderme o no sé cómo o qué decir.
Mis nietos me adoran porque no soy un abuelo convencional. Estoy aprendiendo un nuevo idioma, chino. Mandarín, que es el único chino que vale.
Se disculpa por usar palabras en inglés, pero dice que para él hacer switch entre el francés y el inglés es natural, como el español. Le respondo, en inglés, que no hay problema. Incluso me armo de valor en momento y con formas equivocadas y le hablo un poco en francés. Le entretiene, pero a mí no me hace sentir más fuerte. Ni siquiera decirle que yo también conocí China. ¿Qué estoy haciendo aquí?
Tú podrías ser mi hija. Mi hija es mayor que tú. Es gordita también. Y más alta.
¿Se sentirá así de incómoda cuando le hablas a ella? ¿Le hablas así? ¿Le hablas a otros de tu hija así? ¿Tendrá otras lindas cualidades quizá?
Me interesa tu caso. Me gustan los retos. Escríbeme por Whatsapp en 48 horas. Escríbeme lo que necesites. No hago esto con todo el mundo, pero como le tengo mucho cariño al teatro. Tú sabes, hay afinidad.
Recibo su tarjeta, nos despedimos con beso en el cachete. Me dice que pague lo adicional con su secretaria. Que le escriba por favor. Me hace una nota para la foniatra en letra que espero ella entienda. Le pido que me explique la receta para farmacia porque no quiero confundirme. Me voy, incómoda, convencida que a lo mejor no será tan grave la próxima vez. Que espero que tenga tanta razón como experiencia.
Por suerte eres inteligente.
«Sí», le dije. «Soy brillante». Pero por dentro me siento mal.
Aún no terminaba de procesarlo. Mandé un audio renegando a mis compañeras de elenco. Empecé a entender por sus respuestas que efectivamente había estado en presencia de alguien no solamente sin empatía alguna sino muy poco profesional. Papá, mamá, ésto me pasó. Sal de ahí, no vuelvas. Ya pagué en farmacia, y en la caja, y en efectivo a su secretaria por el adicional. Tengo seguro pero igual está caro. Podría haber sido peor, hay otros doctores más caros y que no aceptan seguro.
Pasan las horas y sólo siento cómo se va acumulando angustia, miedo, y frustración en la boca de mi estómago. Pasan unas horas y casi ni tengo voz. Se perdió para siempre, pensé exageradamente, pero en verdad parecía que no tenía ganas de salir.
Me duelen las encías desde la última nebulización que me hicieron hace unos días, y le escribo a mi dentista. Los medicamentos y exceso de nebulización debilitaron mis encías, y decoloraron unas carillas. «Ven a las 9:40 pm». Y mi martes terminó llorando con mi dentista mientras me curaba hasta las 12 de la noche. Me abrazó, me escuchó, me dijo lo que tenía que escuchar, y priorizó mi problema en el medio de su día y vida profesional. Lo hizo tanto cuidado, con tanto profesionalismo, y con tanto cariño. Me voy a dormir, luego de un último gran llanto, pero con una linda sonrisa, convencida que la empatía es igual de importante que la sabiduría médica.
¿Dónde esta todo el feminismo que consumo y todas mis opiniones fundamentadas? ¿Dónde está mi autoestima? ¿Dónde está mi personalidad extrovertida y valiente? Yo cuando canto me siento linda. Y cuando mi voz, lo único que en verdad me gusta me mí, corre peligro, me siento muy vulnerable. Y así llegó el Dr. Ordóñez a mi vida, en ese momento vulnerable que con toda su experiencia no supo detectar o manejar. Si tanto le gustan los retos, espero que la vida lo rete a aprender a medir sus palabras.
Y a ti, que tampoco tuviste la palabra o acción correcta en ese momento, te entiendo, y te deseo toda la fuerza que necesites cuando quieras hablar o hacer algo al respecto. Qué fácil es quedarse con lo malo, cuando hay tanto bueno también. Gracias a todas las personas que sin pedirlo y sin saberlo me recuerdan toda la suerte que también tengo.
Update (29/08): hoy fui a la foniatra (Dra. Poblete), y siento mucho alivio. Es maravillosa. En la función de hoy tosí menos, sudé un montón y empecé a recuperar mi voz. Paciencia. ♥️


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